miércoles, 6 de octubre de 2010

Percibir el aliento de la muerte

Cuando el corresponsal de guerra se enfrenta a su propio rival: el miedo

Nuria Vázquez (BARCELONA).
Sentir que un escalofrío recorre tu espalda de arriba a abajo. Contraer los músculos de todo el cuerpo. Vivir en un estado de alarma constante. Percibir la angustia de un peligro siempre presente. Tener miedo. A las bombas, a los soldados y a la batalla. Pero, sobre todo, a los disparos de los “para qué”. El temor, el mayor enemigo del corresponsal de guerra, se convierte desde el primer momento en su única sombra. Junto a él, otros ‘compañeros’ lo escoltan en el campo de batalla: la inseguridad, la desesperanza y la incertidumbre.

Sentir miedo para mantenerse vivo
Atrás queda el viejo tópico de que el miedo sólo afecta a los más débiles. Incluso periodistas de la talla de Ryszard Kapuscinski –para muchos, uno de los mejores corresponsales por ser siempre el último que abandonaba el campo de batalla- confiesan haber pasado por momentos de debilidad: “escribía llevado por un impulso de lo más egoísta, me obligaba a romper mi parálisis y depresión internas para redactar un texto, por más breve que fuera, y a mantener la comunicación con Varsovia, que era lo único que me salvaba de la soledad y el sentimiento de abandono”.

Un periodista muerto ya no sirve en el campo de batalla. Y la misma eficacia es la de un profesional bajo un estado de shock. Su impacto emocional impide que pueda cumplir su objetivo: cubrir una información y difundirla.
Pero en la guerra, donde reina la sinrazón, la teoría no se aplica a la práctica. Mercedes Gallego, la primera reportera española que acompañó a las tropas estadounidenses en Irak, narraba así su desesperación: “Me acosté de nuevo con lágrimas en los ojos. En el oscuro horizonte de la noche cerrada el resplandor de la batalla seguía rompiendo la paz. Cada uno vivía sus dramas personales y el mío era mantener la cordura. Al día siguiente nos tocaría recoger los bultos y volver al camión. Nada se detendría y había que seguir adelante, sí o sí”.

Trabajar sintiendo el aliento de la muerte a todas horas, en todas partes. Poder rozarla, casi palparla. Y hacerlo con un solo compañero: el miedo. Un sentimiento incómodo pero necesario en esta profesión. Determinante para retirarse a tiempo y alejarse de lo que Pérez Reverte define como “territorio comanche: donde el instinto te dice que pares el coche y des media vuelta. (…) Donde no ves los fusiles, pero los fusiles sí te ven a ti”. Una sensación que los corresponsales de guerra piden a gritos cuando los límites entre la vida y la muerte son difusos. Cuando lo necesitan para sentirse vivos porque, en alguna otra ocasión, ya se han sentido muertos.

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