Algunos servicios sociales flaquean en verano, disminuyen su competencia y corren el riesgo de dejar descubiertos a los usuarios
Nuria Vázquez (BARCELONA)
El sistema de atención a las personas, a veces, afloja su intensidad, sobre todo en verano. Algo tan simple como una descoordinación de sustituciones en el periodo estival puede provocar que la organización se tambalee a la hora de atender vivencias que pueden considerarse dramáticas. Situaciones provocadas por una suma de desafortunados incidentes que suponen un callejón sin salida para quien las vive. Es el caso de Jordi Riembau, un joven de 25 años con una discapacidad física del 84% que le obliga a permanecer en una silla de ruedas. Padece una parálisis cerebral producida por la falta de oxígeno que tuvo en el momento de su nacimiento. Vive en un piso del centro de Barcelona que no está adaptado a sus necesidades. Por ese motivo, para salir a la calle, entre otras tareas, necesita la ayuda de su madre, quien tiene que bajar la silla de ruedas por las escaleras primero y, posteriormente, ayudarle a él.
Remei tiene 63 años y le acaban de diagnosticar un cáncer en la médula ósea que le obliga a permanecer en reposo. El pasado mes de junio tuvo que ingresar tres semanas en el hospital Clínic de Barcelona, donde recibió quimioterapia.
Durante ese tiempo, Jordi se quedó solo en casa sin poder valerse por sí mismo para tareas básicas como cocinar o salir a la calle. Entre las ayudas que le correspondían, según afirma que le dijo su asistenta social, se encontraban una trabajadora familiar, durante una hora, para ayudarle en su aseo diario y un voluntario de la Creu Roja que, según asegura, nunca llegó. Se trata de una situación que quizá podría haberse solucionado rápidamente en cualquier otro momento, pero que Jordi tuvo la mala suerte de vivir en pleno verano. Declara haber llamado insistentemente a su asistenta social para solicitar su ayuda, pero estaba de vacaciones. Desconoce si derivó sus pacientes a algún sustituto pero, durante su ausencia, él no obtuvo respuesta por parte de los servicios sociales. Y fue en ese momento cuando empezó el sinfín de actuaciones burocráticas. Contactó con el Síndic de Greuges, quien aseguró no poder ayudarle porque no era su competencia. Posteriormente acudió a Benestar Social, donde le recomendaron intentar un cambio de centro sanitario en un distrito diferente al suyo, en el que le denegaron el cambio, precisamente, por no pertenecer a él. Fue allí donde le informaron del procedimiento que debía seguir para solicitar un cambio de asistenta: pedírselo a ella misma o, en su defecto, a la directora del centro, de vacaciones hasta el día 1 de septiembre. La siguiente llamada fue a los servicios sociales de urgencia, donde le pidieron un informe de su asistenta social para poder efectuar una valoración y decidir, así, si se llevaba a cabo o no una actuación. Según explica, no supieron decirle el tiempo estimado que tardarían en todo el proceso.
Mientras tanto, Jordi consiguió que el hospital Duran i Reynals-ICO, en l'Hospitalet del Llobregat, le ayudara. A través de una amiga suya que trabaja allí, su caso llegó a la dirección del centro y optaron por ingresarlo temporalmente. Pero su estancia tenía fecha de caducidad, y él era consciente: el día 10 de agosto deberá abandonar el hospital y volver a casa.
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